30 enero 2013

El puré


No recuerdo de memoria la cifra, pero reviso un papel y leo que fueron 27 días. 27 días, con sus noches, mañanas, mediodías, tardes, atardeceres y madrugadas, perfectamente consciente de todo. 27 días sin comer absolutamente nada. Es una vida entera, si además apenas tienes energía para levantarte de la cama, te prohíben también beber agua y no bebes agua durante casi 20 días de un verano infernal de calor, los cables prácticamente te unen a la pared y ni te puedes girar en la cama para dormir y la puerta de la habitación parece la frontera de otro país. Sé muy de sobra que las enfermedades son así y algunas aún son más crueles, despiadadas y sin esperanza. Nuestra madre ahora come, pero si tras todo aquello que tuvo que pasar no le reacciona el sistema digestivo, una opción tan real como que le reaccionara, su esfuerzo increíble no solo de aquellos días sino de muchos meses y hasta de años no hubiese servido de nada. Ahora come y todo aquello pasó o casi, pero jamás lo olvidaremos. Yo al menos lloré durante horas cuando le sirvieron el primer puré y he tenido que parar de escribir varias veces estas líneas. Ese puré era y representaba todo, era –soñábamos con que lo fuera- el principio del final de aquella guerra sin descanso contra la naturaleza. El puré estaba bueno, estaba en su temperatura y sabía a lo que tenía que saber. Ella solo pudo tomar la mitad, pero sonrió como si se hubiese comido tres gorrines y mil langostas. He preferido no leer ninguna de las chorradas e indecencias que algunos y algunas utilizan para justificar el cambio, pero juro por lo más alto si lo hay que si a mi madre eso le toca pasarlo ahora y le dan un puré frío al primero que lo justifique le reviento la cabeza. Lo juro y siento la sinceridad y pido disculpas, pero es así.

7 Comments:

Anonymous Pedro said...


- "Calderete"- Ha sido un verdadero placer la lectura de tu artículo, como suele serlo habitualmente, pero este en especial. Llevo varios días visualizando el plato que me sirvieron en Ubarmin después de un par de días sin comer por inapetencia producto de una operación. Era carne con patatas, aquello me reguló el organismo. Esto resume la barbaridad y el sinsentido que están perpetrando en el tema de las cocinas de la sanidad pública. Una experiencia así enseña más que mil conferencias de pseudogestores. Gracias por tu artículo.

5:47 p. m.  
Anonymous Alix said...

También quiero agradecerte tu artículo, Jorge.
Quienes sabemos lo que se pasa en hospitales durante circunstancias duras y difíciles, valoramos cuánto ayuda una buena atención; y la alimentación es fundamental para que l@s enferm@s se recuperen.
Lo que están haciendo ahora es inhumano. Si a mi madre le hubieran tratado de esa manera, yo no hubiese respondido de mi reacción.
Un abrazo.

1:28 a. m.  
Anonymous Txandrios said...

Seis meses con el primero, dos con la segunda. Comidas, cuando fueron posibles; adecuadas, más que dignas, equilibradas. Para sibaritas e impertinentes están otro tipo de "hoteles-restaurantes". Pero el desgobierno de navarrra poco a tardado en justificar los purés frios, yogures calientes y tortillas quemadas. Mira que os lo tengo dicho, fuego purificador contra las plagas indeseadas. Aunque vuelen en helicoptero.
Salud

10:12 a. m.  
Anonymous MIki said...

Genial, Jorge, genial.

12:12 p. m.  
Anonymous Anónimo said...

Hola Jorge. Enhorabuena por tu columna de este miércoles. Me pareció sangrantemente sincera y certera. Sigue así, te seguiremos la pista...

María (mliziri@yahoo.com)

1:49 p. m.  
Blogger jorgenagore said...

Abrazos y gracias a vosotros.

4:04 p. m.  
Blogger Jesús Barcos said...

La buena alimentación es salud, y más en un hospital. ¿Es tan dfifícil ponerse en la piel de los pacientes y de sus familiares? Este artículo-testimonio es especialmente recomendable para quienes no han vivido una situación de este tipo , no digamos para cualquiera que aspira a gobernar o dice gobernar para las personas.

5:28 p. m.  

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