20 enero 2013

Grande


De todos es sabido que la primera revolución industrial, la que sustituyó a muchos hombres por máquinas e introdujo una visión productiva que dividió aún más si cabe a proletarios de capitalistas, no llegó a todas partes por igual y, durante años, décadas, siglos, algunos hombres llevaban a cabo sus labores como siempre: a su ritmo, a mano, a pie, sin la presión del reloj. Uno de esos lugares fue Nepal y una de esas profesiones que resistió el paso del tiempo sin caer derribada por la tecnología fue la que permitió que grandes logros de la humanidad fuesen conocidos en el mundo supuestamente civilizado. Conocedores del terreno, jóvenes, rápidos, con los pies y las piernas hechas a los giros, desniveles, rocas sueltas, nieves, hielos, aún sin ascender en la escala interna que les permitiera escalar con sus mayores y los extranjeros, los runners estuvieron en el Himalaya hasta aproximadamente el año 2000, cuando internet aplastó su leyenda, sus carreras valle abajo y valle arriba y sus hazañas. Los runners han bajado del campo base del Everest la noticia de la cumbre de Hilary, la de Unsoeld, la de Mari Ábrego y Josema Casimiro, las miles y miles de alegrías y frustraciones de enormes y pequeñas expediciones, han transportado historias épicas y tragedias hacia el nivel del mar y han subido a las montañas cartas de esperanza, fotos de recién nacidos, palabras de una madre, de una amante, de generales coléricos. Posiblemente esas rutas inverosímiles sean los caminos del planeta que han acogido un mayor volumen escrito de intensidad emocional. Todo eso pasó a la historia. Pero hay alguien que honra a los runners, a los sherpas, que nos honra como especie, que recuerda cómo fuimos, mensaje arriba, mensaje abajo. Jan Gui Urdangarin: gracias. ¡Hasta la victoria, siempre!

1 Comments:

Anonymous Txandrios said...

La familia bien, gracias.
Salud

10:31 p. m.  

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