28 octubre 2005


Estrés

Como habrían intuido ayer, yo no tengo carnet de conducir. “¿Cuándo te lo devuelven, habías bebido mucho?”, me preguntaron una vez en una entrevista de trabajo. No, no, que no gasto, que no me lo he sacao, que no pienso estudiarme la diferencia entre vía y calzada para poder ir a mi pueblo, que además en el Rio Iratí se va muy bien. Así que soy un enfermo de las villavesas, de la educación en las villavesas, de sus novedades y de todas las conexiones del mundo de transporte. Si necesitan saber los horarios de autobuses y trenes desde Finisterre hasta Tarifa, me llaman. Y el otro día a poco tengo un sucedido en una, villavesa. Llegue yo al sprint y se me escapó por los pelos, tanto que el abuelo que venía detrás mía respiraba mucho mejor que yo. Estuvimos ahí de palique un rato los dos solos y se fue acomodando gente a nuestra izquierda, que es por donde se forman las colas de la villavesa. Hasta que llegó la lista. Se puso a la derecha con cara de mosca. Y para cuando llegó la villa había allí un tumulto del carajo, en el que no faltaba el clásico niño con una mochila del tamaño de Trípoli, que yo no sé si llevan libros a clase o trafican con ellos. Y la tía lista, haciéndose la longuis, taca, se puso la primera pa pillar asiento. Yo, que soy de natural tranquilo, le hice un placaje interesante y le dediqué la mejor de mis miradas. “Señora, las filas se empiezan por la izquierda y se terminan por la izquierda”. “Si yo llevo aquí un buen rato”. “Señora, este señor y yo llevamos aquí desde que la veloz sangüesina era lenta, así que no joda la manta”. Y se fue para atrás refunfuñando. No es por nada, pero jamás se me ha colado un hombre en una villavesa o en una frutería. Será que las mujeres viven más estresadas, pero yo no tengo la culpa.

1 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Le habrías hecho la mirada del tigre,no?

5:13 p. m.  

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