04 mayo 2008

Perros
La fama es una perra. Escribo en un estanco, que es el único lugar de donde me encuentro con conexión a Internet. Me separa del mostrador donde despacha el amable estanquero apenas una tabla de ocumen y escucho todas las conversaciones, al igual que los clientes escuchan el traqueteo de las teclas. La conversación casi única en este estanco de este hermoso pueblo cántabro es: "¿qué le pasó a Ballesteros el otro día?". El estanquero les explica que el bueno de Severiano se despistó con su deportivo y se empotró al mediodía en Somo contra una furgoneta y, por el susto, no pudo dominar el coche y se la dio con otros dos. Diversa prensa ya había lanzado bulos de que Severiano estaba mamao o drogao, cuando medio pueblo lo vio cinco minutos antes tomando un café. Pero la verdad no suele contar para según quien en los platós de Madrid o en las redacciones de la capital de la mierda. Si ellos dicen que estaba mamao o drogao es que lo estaba, faltaría más. Ayer vimos a Seve, que había acudido a recoger una mochila extraviada por un amigo en el barco que une Santander con Pedreña y Somo. Eran las nueve de la noche del día posterior al incidente y el tío tenía una sonrisa de oreja a oreja, vacilaba a la capitana del barco y si ésa era la cara y la voz de alguien que se droga o bebe de habitual es que yo no entiendo nada de alcohol y drogas. Estaba espléndido. No está espléndido Pajares, y ha hecho menos que Seve -Seve jamás ha vendido nada- por ganarse el afecto de nadie, pero no deja de ser una persona que, en este caso sí, está enferma, sea cual sea la enfermedad. Ver a toda una jauría de perros y perras correr detrás de este hombre mientras algún otro compañero de agencia trata de averiguar si Seve pimpla o no o tiene depre es, se mire por donde se mire, una puta verguenza. Y no hay más.