21 abril 2011

Una cinta

Uno de los primeros disgustos deportivos de mi carrera –después han venido tantos que he perdido la cuenta: cosas de ser de Osasuna, Barcelona y Julián Gorospe- llegó cuando una madrugada de agosto de 1984 Joan Benoit se escapó desde el inicio del maratón en Los Ángeles y Grete Waitz fue incapaz de atraparla, teniendo que conformarse con la plata. Por detrás, Rosa Mota e Ingrid Kristiansen. Un cuarteto colosal. Para mí, que aunque era un retaco ya corría algunas carreras largas, Waitz, como lo era Carlos Lopes en hombres, suponía la quintaesencia de lo que más me gustaba: ir corriendo de un punto a otro lo más alejados posible, sin contacto directo con rivales, ni leyes, ni nada. Solos tú y tu agonía. Waitz en eso era especial, con su notable envergadura, sus enormes coletas y la determinación de su mirada, que la convertían en una especie de cartel luminoso que te permitía distinguirla fácilmente en las por entonces menos precisas y completas retransmisiones televisivas. Ya fuera en mundiales de cross –ganó cinco- o maratones –nueve veces Nueva York, un Mundial, etc, etc- si al fijar la vista la veías en el grupo de cabeza sabías que las demás se iban a tener que dejar la vida para poder con ella, porque era como un metrónomo. Por eso, cuando Benoit se distanció cuando apenas se llevaban 15 minutos de prueba, confiaba plenamente en que, a pesar de ser la plusmarquista mundial, a Benoit le habían podido las ganas de correr en casa y que el implacable sol californiano y la legendaria tenacidad de Waitz le darían el oro en el debut del maratón femenino en unos Juegos. Pero Benoit no decayó y la gloria se alejó de la más grande maratoniana de la historia. Waitz ha muerto y solo espero que donde vaya encuentre un campo verde, liso y una cinta al final del todo.

3 Comments:

Anonymous Eva said...

Se te ha colado una s en los maratones, majo
Saludicos

9:10 a. m.  
Blogger jorgenagore said...

Gracias.
Saludos.

9:15 a. m.  
Anonymous Anónimo said...

Precioso...

10:51 p. m.  

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