06 noviembre 2011

Cuento


Tengo un amigo en paro que en sus horas libres se dedica a ser un genio. Como autónomo, eso sí, que dice que para que un jefe le chupe la sangre se la chupa él mismo, la sangre. En el colegio iba el último de la clase, tanto que un año nos pusieron en los pupitres ordenados por la nota media de cada trimestre y los supuestamente menos inteligentes estaban sentaditos delante –acojonaos- cerca de la pizarra de derecha a izquierda y a cada fila hacia atrás la inteligencia crecía. Luego que salen asesinos en serie. Pocos salen. Pues bien, ese año, mi amigo, de mal que iba, le tocó estar tan cerca pero tan cerca de la pizarra que dio las clases en lugar del profe. Lo pasamos de cojones. El profe, menos, porque no le cabían las rodillas en el primer pupitre de la primera fila de derecha a izquierda según la visión mi amigo. Pues bien, mi amigo ayer nos mostró su último juguete. Se trata de una especie de contador como esos que había antes de la horterada esta de los pulsómetros, uno de esos que te lo colocabas en la hebilla del cinturón, le metías la amplitud de la zancada y a cada paso que dabas te golpeaba la cadera y al llegar a casa mirabas y veías que habían sido 10.000 pasos a 50 centímetros pues cinco kilómetros. El de mi amigo en lugar de pasos registra todo lo que piensas e incluso todo lo que has pensado desde que naciste, si andas hacia atrás. Luego llegas a casa, lo metes en el hueco de las cintas del vídeo VHS y en la pantalla de la tele te salen todos los datos, ordenados temáticamente, por años, con gráficos de tartas y eso y hasta en euskera tiene un botón. Mi amigo estas cosas las hace por puro no pensar. Yo me dí un garbeillo con el bicho por el pasillo –patrás también- y salió lo que me temía. Lo único que había pensado era esto: ¡Profe, me estoy meando!

2 Comments:

Blogger Iñaki A. said...

Pues no sabe bien tu amigo la suerte que tiene. Algunos tenemos otra experiencia mucho más triste, similar a la de la princesa Ateh, que en el diccionario jázaro (edición masculina) dice : "Me he acostumbrado a mis pensamientos como a mis vestidos. Siempre tienen la misma talla y los veo por todas partes, hasta en los cruces de caminos. Y lo peor es que por su causa ya no se ven los cruces de caminos" (Milorad Pavic).
Los prisioneros de nuestros pensamientos, que son progenitores inmutables de nuestras creencias, caminamos sin ver los cruces de caminos. No aprendemos, no exploramos el azar, creyéndonos aventureros. A ver si espabilamos, como tu amigo, cuyo nombre, por cierto, debería ser Ventura.

10:41 a. m.  
Anonymous Txandrios said...

Es que la gente por no pensar incluso disfruta y vive.
Salud

9:26 a. m.  

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