01 abril 2012

Estelas


Uno de los mayores placeres de esta vida –sino el que más- es coger la llanta de una rueda grande de tractor, meterla en un río en medio de dos corrientes, atarle una cuerda a un lado y fijarla en un árbol en una orilla, otra al otro en la otra orilla, tumbarse encima en julio cuando el sol te revienta, ponerte unas gafas de bucear viejas como ellas solas y meter la cabeza en el agua a ver qué hay debajo. Cuando el sol te traspasa los huesos, te das un baño en ese río casi helado y te subes rápido a la ardiente goma. Y cuando la goma ya no arde porque la has mojado con tu cuerpo, te vuelves a meter al río para que cuando regreses esté seca. Y vuelta a empezar. También puedes tomar el sol de cara, sin más, pero, entonces, ¿para qué llevas las gafas? Cuando se hace de noche, suele ser buena hora para entrar en casa, moradito como un lirio. Pero hasta entonces te hartas de ver el fondo del río, que si es un río normal y limpio y de montaña tiene un tráfico subterráneo interesantísimo. En el de mi pueblo, en la orilla de la izquierda pegada al cascajo, hay Zapateros, aunque estos caminan por encima del agua. No sé cómo se llaman en otros lugares ni si se llaman así, pero en casa les llamamos Zapateros. Son como moscas, pero con cuatro patas largas y avanzan por el agua como los pedalos del mar. Son unos bichos muy peculiares, que en su nadar dejan unas ondas muy agradables, como de estela, que se disipan lentamente. No tengo ni idea qué comen, pero en tramos muy concretos hay cientos, así que tienen que ser una especie muy resistente y fijo que comen como cerdos y su aspecto agradable es más imagen que otra cosa. Cuando leí ayer a Rubalcaba decir que los presupuestos de Rajoy son “inadmisibles” decidí que este verano les cambio el nombre. Se van a llamar Rubalcabas.

3 Comments:

Anonymous Soyamaiur said...

Yo también tuve un río y un neumático de camión. A mi meandro le llamaban El valdovar y la orilla era de piedras y la piel se hacía escamas por el agua dura y limpia. Y el sol caía a plomo. Y si te abrías una brecha contra un canto afialado la disimulabas para que no te dijeran que era peligroso, porque el único riesgo era acertar en el salto con lo más hondo de la poza y ese lo tenías asumido.

Pero un verano ya no había agua porque kilómetros arriba la robaban para regar, y de tantas succiones el meandro dejó al descubierto sus vergüenzas y su poza dejó de ser poza.

Feliz domingo de ramos. Este capítulo de La Biblia (y de Jesucristo Superstar) me produce una tristeza tremenda y me lo deja claro: la masa es mucho mala, da mucho asquito y nunca tiene razón. Ni hoy, ni el domingo que viene.

10:20 a. m.  
Anonymous Eva said...

Yo tb pasé los veranos en un río con pozas y zapateros. En el mïo había días que no te podías bañar por que el agua bajaba sucia y maloliente "de la fábrica de Zubiri", nos decían. Mientras hacíamos la digestiòn no nos podíamos mojar la tripa, así que nos poníamos las sandalias esas de plástico que todos teníamos y nos metíamos hasta las rodillas a ver si sorprendíamos a los cangrejos en la siesta y nos llevábamos alguno para casa. No teníamos rueda, pero si una cuerda colgada de una rama desde la que nos lanzabamos a la poza más grande. Que recuerdos. Que te habrán hecho los pibres bichos para ponerles ese nombre.
Saludicos

8:46 p. m.  
Anonymous Txandrios said...

Nosotros preferíamos las cámaras de los tractores y bajábamos buena parte de los meandros que rodean nuestra isla. Ayer vi una idea de Rubalcabas y Rajoys; la bardena verde, en zonas hasta barro (me manché con él). Riego a manta en el desierto. Estoy con Einstein la estupidez humana es infinita.
Salud

9:54 a. m.  

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