31 marzo 2013

Lee


Tuve un compañero de clase coreano. Esto hoy en día es de lo más normal. Pero en 1980 y en Pamplona era curioso. El padre de Lee era experto en artes marciales y Lee era mi compañero. Mi casa quedaba como a diez minutos andando del colegio y una vez no sé por qué vino Lee a casa después de clase. Había que cruzar algunos campos de hierba y tierra y estaba embarrado y llegamos los dos hechos un cisco. Mi madre se quedó mirando a Lee, contuvo la respiración, nos preguntó si queríamos merendar y no dijo nada. Lee dijo que sí, que le apetecía, aunque tenía un castellano peculiar. Merendamos, mi madre nos apañó la ropa y luego pasó su padre para llevárselo a casa y le dio las gracias a mi madre con mucha ceremonia. Mi madre me dijo: ¿qué come Lee? Lee calculo que era unas 17 veces yo. Su padre, unas 170. Más majos los dos que la hostia. ¿Qué comía, mamá? Toda la clase recordamos sus bocadillos de huevo frito y que cuando unos cuantos se apuntaron a judo en el cole y les dieron cinturón blanco-blanco Lee ya llevaba uno casi negro, aunque Txutxin -y yo lo he visto- una vez casi consiguió moverlo. Era tremendo de grande, con el pelo liso cortado a tazón y suponemos que detrás de aquellas rayas tenía los ojos. Hace siglos que no le veo, porque además enseguida se cambió de colegio, aunque una noche de mambo también de hace mucho nos encontramos con él y seguía igual de majo y ya de un tamaño relativamente estándar. Esto es todo lo que sé de Corea, ya sea la de norte o la del sur. Y no pienso entrar en la Wikipedia para saber más, porque a fin de cuentas casi todo aquello de lo que pueda enterarme no me va a aportar lo más mínimo en relación a lo único que de verdad me interesa: que Lee y su familia estén bien y que a ver si sigue almorzando huevos fritos entre pan y pan.

1 Comments:

Anonymous Txandrios said...

Recordemos siempre que los pueblos somos los ciudadanos y no sus putos gobiernos.
Salud

11:35 p. m.  

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