18 junio 2009

Pueblos

En mitad de mi parcial retiro al pueblo, veo desde el balcón -es lo bueno de los pueblos, que hay balcones, no alféizares desde los que a lo sumo mirar las furgonetas de reparto- cómo mi tío Juan coloca un par de travesaños. En mi ignorancia, pienso que son las porterías para el campeonato del pueblo y bajo para indicarle que tienen que tener unos 7 metros de largo. Se ríe de mí como se ríen de los de ciudad los que son de pueblo y ni se vanaglorian ni piden perdón por ello y me explica que son para colocar unas redes por las cuales irán ascendiendo las alubias que nos comeremos este verano. Es curioso. En ciudad también tejemos redes para que las cosas asciendan o al menos se desarrollen y de vez en cuando la red se va a tomar por el culo y no tienes una triste alubia que comerte, real, o ficticia. Por eso a mí los de los pueblos, y no desde un punto de vista sentimental paternalista o de superioridad mal entendida, siempre me han parecido más sabios que los de ciudad, porque si no hay alubia hay tomate y si no cuto y si no pámpanos y si no cebollinos. En ciudad, en cambio, la red está tan tejida que te va mal dado un asunto y, aparte de enterarse hasta el del pan, pareciera que eres el inútil del siglo. Bueno, supongo que nos ha pasado a todos y que también pasa en los pueblos, pero aquí da más la sensación de que la naturaleza, al ser más lenta, es también más amable y aunque la amabilidad no esté unida indefectiblemente con la bondad, aquí todo, al menos a mí, me resulta más sencillo. Me despido de él diciéndole que voy a escribir y me contesta, muy serio, que eso a él le resultaría imposible. Le contesto que es una cuestión de costumbre y que lo más complicado es casi siempre lo más sencillo. Se ríe de mí como se ríen de los de ciudad los de los pueblos.

1 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Así es. Imposible explicarlo mejor.

3:15 a. m.  

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