10 marzo 2012

Noches


Una noche, en Madrid, caminando por las calles que hay entre Sol y Plaza Mayor, mientras Osasuna le ganaba al Sevilla en un Sadar nevado, ví a Elliot Murphy. La mesa en la que cenaba, en un bar de menú y mantel de cuadros y juego de vinajeras comprado en un chino y pizarras escritas a mano en la puerta, daba al escaparate. Me quedé mirando, como los niños se quedan mirando los escaparates con juguetes o pasteles en las películas italianas de postguerra. Murphy se dio cuenta y sonrío. Seguí andando, me comí cualquier mierda, me tomé un par de cervezas o cinco y entré en la Sala Suristán, fumando, tan feliz, tan solo y tan acompañado. Esa noche, en la sala Suristán, Elliot Murphy, para cuyo concierto tenía entradas hacía semanas, no paró de sonreír a los poco más de 100 o 150 que de pie y a un metro suya o en la barra de aquel bar oíamos su impresionante descarga de rock and roll y letras mágicas, de las que te acompañan toda la vida y te la hacen mejor, y que son las que llevan a que te pegues a un escaparate de un bar de menú con cortinas beige a ver qué come aquel tío y él se da cuenta y te sonríe. Jamás diría nada a alguien al que admiro, aunque solo sea por los ratos que me ha dado y la inspiración, pero me hubiera gustado decirle que, como canta él de Elvis en la eterna On Elvis Presley’s Birthday, fue maravilloso caminar por aquella calle cuando él estaba vivo. Y que un artista con poco público no conduce a ese esnobismo de decir que es un genio oculto, pero que, en su caso, es cierto, absolutamente cierto, tan cierto como que hay noches que jamás se olvidan, como cuando vas a un concierto con uno de tus mejores amigos y al tiempo recuerdas que ese fue vuestro último concierto juntos, uno de Elliot Murphy en Villava. Fue maravilloso verte, mientras él estaba vivo.

3 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Los recuerdos son pasado pero ayudan a seguir.Hay algunos que ni un Alzheimer los puede borrar,estoy seguro,y hacen que quien ya no está siga estando y acompañando.Y eso es bueno.
Me ha gustado.

11:34 a. m.  
Anonymous Anónimo said...

Dos veces he visto a Elliot, una en Zaragoza y fue buena, bastante buena, muy buena. Y otra fue en... Tulebras, y esa fue especial, muy especial, inenarrable. Sólo un artista auténtico puede tener esa grandeza de tocar en un pueblo de 130 habitantes dándolo todo. Como dijo el gran Lou "mis mierda es mejor que tus diamantes" y lo mejor es que estamos ante un tipo que aunque sabe lo que valen sus diamantes, los regala sin esperar demasiado a cambio, unos aplausos, aunque sean de cien tipos incondicionales.

10:33 p. m.  
Blogger jorgenagore said...

Es muy grande, mucho.
abrazos

11:15 p. m.  

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