
Decía Umbral que, cuando no se tiene nada sobre lo que escribir, se escribe sobre la televisión. Voy a escribir sobre la televisión. En concreto, sobre una presentadora que obviaré decir lo que suele comentar mi rival en relación a cómo habrá llegado a estar donde está: Patricia Conde. ¿Soy el único al que no le hace ni puñetera gracia? Es más, creo que es de las personas que van de cómicas o actrices con menos gracia de la historia de la televisión. Se ríe de sus propias frases, se traba y está a años luz de sus compañeros de programa, pero, sin embargo, ahí sigue, en pleno candelabro y seguro que convencida de que ha nacido para hacer lo que está haciendo. ¿Y por qué esta crítica? Por nada en concreto contra ella, sino, más bien, contra la nefasta tendencia que se está impulsando en algunas cadenas –sobre todo algunas privadas, que curiosamente van de progresistas e igualitarias- de situar al frente de programas, informativos y cualesquiera emisión única y exclusivamente a mujeres de gran atractivo físico, algo que no sucede en el ámbito masculino. El otro día leía que una asociación de mujeres periodistas reclamaba la igualdad de salarios con los hombres, algo absolutamente justo. Eso es lo primero, pero tampoco estaría de más que, una vez logrado, se empiece a trabajar también por la no discriminación dentro del propio sexo por la pura apariencia. Es evidente que la televisión es imagen y que, cuanto más agradable sea esa imagen, mejor -de la misma manera que una buena voz es de agradecer en la radio-, pero no cuando el talento que hay detrás de esa apariencia es claramente inferior a otros que se desechan por no ser Miss Universo. Más que nada porque se proyecta una imagen de la mujer que sigue abundando en todos los rancios estereotipos.